viernes, 29 de junio de 2012

La azarosa trayectoria de Patricio Aylwin

El hombre detrás de la máscara



La reaparición de Patricio Aylwin en la agenda política -criticando a Salvador Allende y recibiendo un homenaje del ministro-presidenciable Andrés Allamand-, introdujo bruscamente un nuevo factor de perturbación en la cada vez más descolorida Concertación de Partidos por la Democracia. Ambos hechos, recogidos y amplificados por la prensa, podrían obedecer a circunstancias meramente fortuitas. No obstante, en los momentos actuales, en que la epidermis de los partidos está muy sensible, los dos episodios fueron leídos de maneras distintas.
Los reproches de Patricio Aylwin al gobier­no de Allende, efectuados en una entrevista otorgada al diario español El Pa’s, fueron ex­presados coincidentemente con el tramo final de un nuevo libro que prepara el nonagenario dirigente democratacristiano sobre su papel en el gobierno de la Unidad Popular, asunto que lo desgarra y obsesiona y que con seguridad una vez más será revisado el próximo año, al cumplirse 40 años del golpe militar que depuso al mandatario socialista.
Tras su periodo presidencial de 1990-1994 y los sucesivos gobiernos de la Concertación, Aylwin creyó que había conseguido superar los sentimientos de culpa que por momentos lo embargaban. La crisis de la Concertación, sin embargo, y el eventual surgimiento de un nuevo eje de Izquierda que rompa la hegemo­nía del centro político vigente, lo devolvieron nuevamente al pasado.
El Partido Por la Democracia, (PPD), al que los socialistas trataron de hacer desaparecer precisamente en la administración de Aylwin, amenaza unirse al Partido Radical, al Partido Comunista y a otros referentes políticos y so­ciales para dar forma a un nuevo conglomerado que podría amargar la existencia de la sociedad PDC-PS. Algunos, incluso, temen que se les sume el Partido Progresista de Marco Enríquez-Ominami. Juntos, según los votos obtenidos en los últimos comicios presidenciales, parlamen­tarios y municipales, superarían los sufragios captados por la coalición PDC-PS.
AYLWIN DE LOS 80
En enero de 1988, Patricio Aylwin hizo una tajante declaración que más tarde se la enrostra­rían una y otra vez: “No soy candidato ni aban­derado. He sido muy categórico y determinante al decir que mi nombre no está disponible para eso. Si esa idea me entusiasmara, perdería el interés moral necesario en el cumplimiento de la tarea en que estoy empeñado”, dijo.
Poco después, sin embargo, obtenido el triunfo del No en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, Aylwin sintió un renovado aliento que le permitió aspirar a tomarse su revancha con la historia. La tentación fue irresistible y se abocó entonces a construir un modelo de gobernabi­lidad que no sólo contara con el apoyo de los partidos aliados, sino que también le diera con­fianza a los tres grandes entes que consideraba claves para lograrlo: el empresariado, las fuerzas armadas y la Iglesia Católica.
El presidente Aylwin se rodeó de un grupo de leales escuderos entre los que destacaban Juan Hamilton, Edgardo Boeninger, Adolfo Zaldívar, Gutenberg Martínez, Enrique Krauss y Francis­co Cumplido. A ellos se sumaron los “guatones” del PDC y algunos viejos amigos como el radical Enrique Silva Cimma y Carlos Hurtado.
Desde una de las tendencias socialistas, diri­gida por Clodomiro Almeyda, ex canciller de la Unidad Popular, Aylwin recibió el apoyo de dos hombres que resultarían fundamentales para conseguir la adhesión de ese partido. Se trataba de Enrique Correa y Ricardo Solari. El primero había sido seminarista y luego presidente de la juventud DC hasta que fue expulsado por el propio Aylwin a mediados de la década de 1960 y fundó, con Rodrigo Ambrosio, el Movimiento de Acción Popular Unitario, (MAPU). Solari por su parte, era uno de los jóvenes que habían asumido la conducción del PS en Chile desde fines de los 70. Se transformaría en líder de una tendencia conocida como “tercerismo”, donde también habitaban Germán Correa, Jaime Pérez de Arce y Juan Pablo Letelier, entre otros.
Enrique Correa se encargó de advertir a las diversas tendencias socialistas que si no se suma­ban a la máquina aylwinista, quedarían fuera del futuro gobierno que a todas luces encabezaría el candidato de la Concertación. Germán Correa, primo del anterior, ambos de Ovalle, acuñó el concepto de “suprapartidismo” para conceder a Aylwin la autoridad necesaria que le permitiría conducir al conglomerado opositor.
En el PDC surgieron cuatro interesados en disputar a Aylwin la candidatura presidencial: Gabriel Valdés, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, An­drés Zaldívar y Sergio Molina. No obstante, utilizando métodos que no desean recordar, los partidarios de Aylwin desmontaron de la carrera a cada uno de los otros postulantes.
Edgardo Boeninger y Enrique Correa se transformaron en los asesores principales de Aylwin, instalados en unas oficinas en calle Simpson, a escasos metros de la Plaza Italia. Hasta allí llegaron miles de currículums de los interesados en formar parte del futuro gobierno democrático, los que eran consultados a Andrés Zaldívar y Jorge Arrate, presidentes del PDC y del reunificado PS, respectivamente.
Paralelamente, se tendieron puentes con el líder del sector liberal de RN, el abogado Andrés Allamand, para llevar adelante un paquete de reformas constitucionales antes de los comicios presidenciales de diciembre de 1989. Allamand fue fundamental en esa negociación, efectuada entre cuatro paredes, y que fue plebiscitada en junio de aquel año sin que la ciudadanía se informara cabalmente de lo que estaba votando.
Las numerosas organizaciones sociales que habían sido protagonistas de la lucha que per­mitió la recuperación de la democracia, fueron marginadas de toda decisión y relegadas al olvido.
EL RETORNO DE 1986
A mediados de 1986, a poco de cumplir 70 años, cuando Patricio Aylwin pensaba en reti­rarse de la política, una severa crítica pública de su camarada Renán Fuentealba lo acusó de una mala gestión al frente del PDC en los úl­timos meses de la UP, circunstancia que habría desencadenado el alzamiento militar. Esto hizo que Aylwin retomara el trabajo partidario y se transformara en factor determinante para la salida pactada con el régimen castrense y erigida sobre las bases de la Constitución de 1980.
Catorce años antes, a comienzos de marzo de 1972, en una reservada cita en la chacra El Arroyo de Chiñigüe, en Melipilla, propiedad de Sergio Silva Bascuñán, Patricio Aylwin y Andrés Zaldívar, en representación del PDC, con Fran­cisco Bulnes y Sergio Diez, del derechista Partido Nacional (PN); con Julio Durán, del Partido Democracia Radical (DR); con el abogado gremialista Jaime Guzmán; con los dirigentes empresariales Arturo Fontaine y Orlando Sáenz y con miembros de organizaciones profesionales, entre otros, coincidieron en la necesidad de actuar unidos contra la Unidad Popular.
En los meses siguientes, los representantes del sector más derechista del PDC, los deno­minados “guatones”, se multiplicaron en la prensa opositora para coincidir en un creciente acuerdo con la derecha en contra del gobierno de Salvador Allende. Privadamente, en tanto, Aylwin y Francisco Bulnes finiquitaban los detalles del lanzamiento de la Confederación Democrática (CODE), que agruparía a todas las instancias opositoras a la UP.
AYLWIN DE LOS 70
En los comicios parlamentarios de marzo de 1973, propuestos como un plebiscito por la oposición, la CODE obtuvo 54,70% de los votos y la UP 43,39%. La UP aumentó sus se­nadores y diputados y la CODE los disminuyó, no alcanzando el quórum necesario para acusar constitucionalmente al presidente Allende.
Eduardo Frei Montalva declaró entonces a la prensa italiana que “Chile se precipita a una dictadura marxista”. Los senadores Juan de Dios Carmona y Juan Hamilton empezaron a apelar a las Fuerzas Armadas y nueve senadores del PDC pidieron a Aylwin que postulara a la presidencia del partido, encabezado hasta ese momento por Renán Fuentealba.
El 9 de abril de 1973, Fuentealba planteó que “la DC debe insistir en su propia revolu­ción”, que la existencia de la CODE sólo era una coyuntura electoral y que “su subsistencia se prestaría para inducir a errores”. Un mes después, el 10 de mayo, Fuentealba, Bernardo Leighton y Belisario Velasco anunciaron que no se presentarían a la reelección en la directiva del partido. El 13, Aylwin ganó la presidencia PDC y Frei Montalva la presidencia del Senado.
El 15 de mayo de 1973, Aylwin marcó la nueva línea del PDC afirmando que el gobierno de Allende estaba destruyendo “la economía y llevando al país a la miseria y al hambre, desen­cadenando una ofensiva totalitaria caracterizada por ilegalidades, abusos, mentiras, injurias, odio y violencia en la búsqueda de la totalidad del poder para imponer una tiranía comunista”. Se avanzó entonces, inexorablemente, hacía la tragedia del 11 de septiembre.
En las horas siguientes al bombardeo de La Moneda, a la muerte de Allende y a la ocupación militar del país, sólo trece dirigentes del PDC se atrevieron a emitir una declaración condenan­do el golpe de Estado. Ellos fueron: Bernardo Leighton, Ignacio Palma, Renán Fuentealba, Fernando Sanhueza, Sergio Saavedra, Claudio Huepe, Andrés Aylwin, Mariano Ruiz-Esquide, Jorge Cash, Jorge Donoso, Belisario Velasco, Ignacio Balbontín y Florencio Ceballos. Un dé­cimo cuarto firmante pidió ser borrado de la lista: José Piñera Carvallo, padre del actual presidente.
La directiva de Aylwin, en tanto, expresó en una nota pública que “los propósitos de resta­blecimiento de la normalidad institucional y de paz y unidad entre los chilenos” expuestos por la Junta Militar “interpretan el sentimiento general y merecen la patriótica cooperación de todos los sectores”. Quince años más tarde, en sus memorias, calificó esa declaración que legiti­maba el golpe como un “pecado de ingenuidad”.
Las diferentes apreciaciones sobre el golpe militar se prolongaron hasta bien avanzada la década de 1980, cuando el PDC decidió sumarse a las protestas sociales y a las diversas iniciativas para recuperar la democracia. Aylwin renunció a la directiva en 1976, pero antes, designó a la nueva directiva, encabezada por Andrés Zaldívar. Como presidente de la juven­tud del partido nombró a Gutenberg Martínez, calificado recientemente por El Mercurio como el “barón” que gobierna el PDC.
MANUEL SALAZAR SALVO
Publicado en “Punto Final”, edición Nº 759, 8 de junio, 2012.

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