8 de noviembre de 2012
Opinión
El contraataque de Sabat: las patas del conejo
El truco es simple: dicen “no
contaron una mesa”. Y por supuesto, como muchas mesas en Chile, hay una
no contada porque tiene vicio de nulidad, por inconsistencias. Por eso
no se contó y no se debe contar. Y es que cuando hay inconsistencias
(cosa que ocurre con normalidad en muchas comunas del país), la mesa
queda nula. Por ejemplo, si en una mesa hay más votos que firmas, no
puede valer ningún voto, porque sólo un ente omnisciente sería capaz de
definir cuál voto sí corresponde a las firmas y cuál no. Y los entes
omniscientes no se pronuncian sobre tales banalidades.
La elección de alcalde de
Ñuñoa, en su etapa de presunta incertidumbre, nos muestra la máquina de
un partido (en este caso Renovación Nacional) y la operación de
intereses políticos (y económicos) en el terreno del Chile de los
poderes fácticos vestidos de institucionalidad.
Renovación Nacional está intentando hacer lo que en el decadente
mundo contemporáneo llamamos magia y que, en rigor, no son más que
trucos. Y como todo truco del repertorio del ilusionismo, éste requiere
la complicidad de un tipo de receptor específico: el ingenuo espectador
en cuya displicencia prescinde de la verdad para preferir el
entretenimiento y la fantasía. En este caso, el truco no es divertido y
termina con la re-elección de un alcalde, Pedro Sabat, quien habiendo
reconocido la derrota el día domingo, nunca esperó tanta solidaridad de
parte de sus correligionarios, quienes le han insistido en seguir
luchando, haciéndolo comprender que se puede ganar por secretaría lo que
se perdió en la cancha. El truco es simple: dicen “no contaron una
mesa”.
Y por supuesto, como muchas mesas en Chile, hay una no contada porque
tiene vicio de nulidad, por inconsistencias. Por eso no se contó y no
se debe contar. Y es que cuando hay inconsistencias (cosa que ocurre con
normalidad en muchas comunas del país), la mesa queda nula. Por
ejemplo, si en una mesa hay más votos que firmas, no puede valer ningún
voto, porque sólo un ente omnisciente sería capaz de definir cuál voto
sí corresponde a las firmas y cuál no. Y los entes omniscientes no se
pronuncian sobre tales banalidades.
Lo interesante es que el abogado RN Marcelo Brunet, el senador (d)
Carlos Larraín y hasta el diputado Alberto Cardemil (de escaso prestigio
en el respeto de los votos, desde el plebiscito); han intentado
establecer la necesidad de agregar esa mesa, bajo la tesis incluso
apoyada por el señor Juan Ignacio García del Servicio Electoral, que
señala que el sistema computacional fue muy exigente y sacó la mesa del
conteo de modo innecesario. Y claro, no hace bien ser tan riguroso, hay
que ser más flexible (como con las inmobiliarias). Por tanto, reduciendo
las exigencias y contando la famosa mesa, ganaría Sabat.
Lo más interesante es que, incluso frente a una estrategia inadecuada
del Partido Socialista, el truco no funcionará. Hace un par de años
habría funcionado. Pero ahora no. En el Chile actual todas las fisuras
se notan. Perderá el viernes por segunda vez Sabat. Y más aún, quedará
en evidencia la forma en que se ha manejado la institucionalidad chilena
por muchos años, respondiendo a los poderes fácticos. Para poder
explicarlo, necesito recurrir a la famosa historia del conejo y el mago.
Lo interesante es que el abogado RN Marcelo Brunet, el senador (d) Carlos Larraín y hasta el diputado Alberto Cardemil (de escaso prestigio en el respeto de los votos, desde el plebiscito); han intentado establecer la necesidad de agregar esa mesa, bajo la tesis incluso apoyada por el señor Juan Ignacio García del Servicio Electoral, que señala que el sistema computacional fue muy exigente y sacó la mesa del conteo de modo innecesario. Y claro, no hace bien ser tan riguroso, hay que ser más flexible (como con las inmobiliarias). Por tanto, reduciendo las exigencias y contando la famosa mesa, ganaría Sabat.
En el siglo XIX, en Francia, se popularizó gracias a Alexander
Herrman un truco de magia que se ha transformado en un clásico. El mago
muestra un sombrero de copa vacío, golpea con su varita mágica y aparece
entonces un conejo desde el sombrero. El truco se ha hecho popular en
todos los rincones del mundo. Entre los magos, me contó un viejo
experto, se juzga al que hace mal el truco diciendo: “Se le ve el
conejo”. Y es que claro, a veces el conejo es muy gordito, tiene las
patas grandes o quizás el sombrero es chico. O sencillamente el conejo
saca la cabeza antes por el agujero de la mesa. Y entonces se ve el
conejo. La gente ríe y todo se arruina.
Cuando en política un grupo tiene poder, obtiene no sólo los aparatos
que permiten trabajar desde el poder, sino que obtiene un segundo
botín: la hegemonía. Esta permite expresar su poder en forma de sentido
común. En ese instante, los trucos, los contrabandos, los cambios de
ejes, pasan sin dejar rastros. Ejemplos en nuestra transición hay
muchos: la privatización en nombre de la libertad, la impunidad en
nombre de la gobernabilidad, la desigualdad en nombre del crecimiento,
el presente en nombre del futuro. En ese Chile se podía cambiar la LOCE
por la LGE en nombre de los estudiantes, pero apoyando realmente la
educación de mercado. Se podía fundar el Crédito con Aval del Estado,
para los bancos y las universidades privadas, en nombre del acceso a la
universidad de los más necesitados. Se podía fundar el mercado de
capitales en nombre de los pensionados de Chile y su vejez digna.
Incluso casi se monta el ingreso mínimo por hogar, en nombre de la
protección social, cuando era un subsidio a los salarios que deben pagar
los empresarios.
Mientras la hegemonía funcionó, aunque el conejo fuera gordito, de
patas grandes, con sombrero chico; aunque sacara la cabeza por la mesa
en un momento inadecuado; aunque el mago fuera de discutible calidad;
nosotros no veíamos nada. Y es que en política la calidad del truco es
directamente proporcional al nivel de hegemonía. A mayor hegemonía, el
truco funciona más. Hace unos años escribí un apartado de un ensayo
sobre el Chile de entonces y señalé con un subtítulo un rasgo esencial
de ese momento: “El Mercurio ya ni miente”, decía la sentencia. En ese
tiempo, la máquina de la derecha coincidía con la realidad. Y no era
porque dijera la verdad, cosa muy ordinaria para los grupos dominantes.
Era que se había logrado que la verdad pareciera mentira y que su
mentira pareciera verdad. Y eso es sofisticación, eso es poder. Desde el
2011, en cambio, la verdad oficial se ha fracturado. Incluso, al día
siguiente de las recientes elecciones municipales, todos los periodistas
se rieron de los titulares de El Mercurio. La máquina actual puede
operar para decir cosas como que los pobres bajaron, pero las fisuras en
la hegemonía hacen que se vea el conejo y que a veces éste se rebele,
desmintiendo la versión oficial.
Cuando el viernes el truco de Renovación Nacional no haya funcionado,
se habrá suspendido la emisión de un nuevo episodio de esta teleserie
de mala calidad y alto presupuesto que ha sido el secuestro de las
instituciones por los grandes poderes fácticos. Y es que detrás de Sabat
no sólo está Renovación Nacional, si usted me entiende.
El viernes 9 de noviembre de 2012, mientras inútilmente se cuentan
votos de una elección ya terminada, el mago Larraín y sus secuaces no
podrán tapar las patas del conejo. Y el truco habrá fracasado.
FUENTE: EL MOSTRADOR
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