El otro Altamirano
Don Carlos no es el político tradicional que aburre, ni menos el convencional a quien le preparan todas sus cuñas, tampoco es aquel que sobre sus hombros carga con el Estado como Lagos, ni se siente un santurrón como Aylwin, ni es el ortodoxo de Novoa, ni menos el político de profesión apegado al poder, al estilo Escalona, Correa, Garretón o Tironi.
Pero aún estamos en Viña. Almorzamos y antes de partir, repite una vieja costumbre que data desde los tiempos en que fue campeón sudamericano de salto alto en 1946: sale a caminar media hora luego de comer. Tal vez eso, y una dieta sin excesos, lo han mantenido delgado siempre. Ya tiene 81 años aunque manifiesta una lucidez intelectual y física impresionante: maneja un deportivo y sus amigos me piden que sea su copiloto en su regreso a Santiago. Allí me cuenta todo, aunque pide expresamente no grabarlo. Me doy cuenta entonces que el hombre sigue siendo influyente. Sus conexiones internacionales las conocemos desde la UP y se extienden hasta el presente. Recientemente el electo presidente Fox de México le pide que intermedie con Lagos, pues visitará Chile y espera ser recibido por el Presidente.
A Rancagua ha venido antes, en abril de 2005. Las gestiones las encabeza su amigo Adolfo Lara. Los socialistas le quieren rendir el homenaje pendiente que la directiva de Escalona no le hará nunca. El hombre titubea un tiempo, no le gustan las apariciones en público porque, señala, “siempre me toman una frase, la descontextualizan, y me ponen de titular”. Tampoco aprecia los actos masivos, pues se pone nervioso y teme que alguien se pueda salir de madre.
Lo veré en varias oportunidades y cada vez que visita Rancagua —en especial recuerdo la de 2007, cuando nos acompañó Isabel Allende— va tomando más confianza y sintiéndose más cómodo, aunque nunca suelto de cuerpo.
Enero de 2011. Recién ha lanzado su libro junto a Gabriel Salazar y le pedimos que lo replique en nuestra ciudad. Accede y, de nuevo, tengo que ir a buscarlo a su refugio para luego llevarlo de regreso aunque, en esta oportunidad, Gonzalo Martner me librará de esa tarea. Ingresamos a su casa, que es un verdadero santuario natural en medio de ese infierno que es Santiago. Al verlo lo notó distinto: ha envejecido, se ve cansado, incluso hasta un poco descuidado en su aspecto formal. Se evidencia el peso de la ausencia de Paulina Viollier, quien ha fallecido unos meses antes. La foto, junto a Martner y quien habla retrata lo que digo: en medio de nosotros, muy radiantes, aparece Don Carlos muy tímido, con pena, posando con distancia y como queriendo alejarse de la foto. Volveré a escuchar su voz en 2013, cuando muy temprano llegamos a su casa a dejar el libro (Chile 73) que originalmente ha accedido a presentar. Nos enteramos que sigue muy triste y que lo acompaña su hija, quien luego decidirá sacarlo del país. No desean que esté en Chile entre el 4 y el 11 de septiembre. Tendrán sus razones.
11 de junio, 1996. Instituto Ideas de la Universidad de Santiago. Me entrevisto con Alfredo Jocelyn-Holt, quien es uno de los profesores informantes de mi tesis de posgrado que lleva un enfoque foucoultiano. La conversación se extiende por varias horas y deriva hacia la política. Me pregunta: “¿Qué personajes políticos te merecen el mayor respeto?”. Sin titubear le digo: “Altamirano”. Me pregunta por qué. Pues, porque fue el único de esa generación que tuvo “los cojones para retirarse”, porque entendía que como actor central del periodo anterior podía ser un obstáculo en el presente. Alfredo —le pregunto entonces— ¿conoces a algún otro político que haya sabido jubilarse a tiempo? “No”, ninguno, me dice. Y es que tal cual como lo planteó Salazar, Don Carlos no es el político tradicional que aburre, ni menos el convencional a quien le preparan todas sus cuñas, tampoco es aquel que sobre sus hombros carga con el Estado como Lagos, ni se siente un santurrón como Aylwin, ni es el ortodoxo de Novoa, ni menos el político de profesión apegado al poder, al estilo Escalona, Correa, Garretón o Tironi.
Y es que mi visión sobre Altamirano tampoco es inocente, ni soslaya a los otros personajes que conviven en él: a la bestia negra de la derecha o el mayoneso, el pretexto para la bajeza de Edwards y, después, de su capataz Escalona; él “ni chicha ni limoná” de los jóvenes radicales de comienzos de los 70’, el hombre que quedó atrapado entre sus convicciones y la realidad política que planteaba la UP, el burgués sorprendido en su propia trampa; el adversario de Allende, en fin, todas las historias que se pueden elucubrar en esas circunstancias: el provocador del Golpe, el traidor —por su alianza con el PDC—, en fin el “loco solitario”.
Y es que él, si bien es parte de esa mitología, también es mucho más que eso y por ello tiene un lugar ganado entre los incrédulos: “No sé. Tengo muchas dudas… bueno, yo siempre estoy lleno de dudas. Estoy más cerca de Hamlet que de Lenin”. Es el mismo que esa noche fría de mayo nos relata, con tono romántico e irreverente, que en un centro comercial al ir al baño a orinar, a su lado se pone un chico, quien al mirarlo y después de reconocerlo, le dice: “Ha sido un verdadero honor, mear al lado suyo”. Son los 40 años de la UP y Altamirano ha regresado.
FUENTE: EL MOSTRADOR

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