Venezuela: La agridulce victoria de Nicolás Maduro
Patricio López

Aunque todas las encuestas confiables
apuntaban a que el presidente encargado obtendría una cómoda ventaja
sobre Henrique Capriles, el resultado final dio al oficialismo una
diferencia clara, pero exigua: 300.000 votos. Las primeras estimaciones
apuntan a que el Chavismo perdió unos 700.000 votos respecto a octubre
del año pasado.
Los resultados se habían retrasado ante la voluntad de las
autoridades de dar un resultado que no sufriera modificaciones.
Finalmente, el candidato Maduro ganó las elecciones con el 50,66% de los
votos, frente al 49,07% de Henrique Capriles. Con el 99,12% de las
mesas escrutadas, el Consejo Nacional Electoral (CNE) aseguró que los
resultados son “irreversibles”.
Durante la madrugada de este lunes, analistas y dirigentes políticos
trataban incipientemente de descifrar las claves del conteo final.
Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Popular y segundo hombre del
Chavismo, afirmó en su cuenta de twitter que a “profunda autocrítica
nos obligan estos resultados, es contradictorio que sectores del Pueblo
pobre voten por sus explotadores de siempre”. Mientras, el presidente
electo afirmó que “muchas cosas tienen que cambiar, junto al pueblo las
haremos para que la Revolución sea reimpulsada”. Porque el triunfo, si
bien es nítido y está validado por el moderno sistema de conteo, abre un
nuevo ciclo político cuando la expectativa generalizada era que el
proyecto boliviariano acrecentara su hegemonía en la sociedad
venezolana.
Ocurrió esta noche, de todos modos, que el liderazgo entrante de
Nicolás Maduro logró imponer un meditado artefacto de ingeniería
política, cuyo punto de partida fue la última intervención pública de
Hugo Chávez, en diciembre pasado. En esa aparición, cargada de
simbolismo y empecinada en que la sobriedad atajara a la emoción, el
fallecido líder de la Revolución Bolivariana evitó un discurso de
despedida y privilegió concentrar la atención en un mensaje breve: el
sucesor es Maduro. Con ello, zanjó el problema del vacío de autoridad
que hasta la víspera parecía lejano y ahora podría abrirse, pero evitó
que se desbordara la cohesión del oficialismo.
Desde aquella fecha el ahora presidente electo, junto con manejar la
información y pavimentar lentamente la despedida pública de Chávez, ha
ido mutando desde el político amable de antaño al operático que es hoy,
impelido a hacer lo posible por ocupar el liderazgo con carisma del
fallecido comandante. Ha prometido continuidad -colmando la campaña de
la figura de Chávez y presentando su mismo programa de gobierno- pero
también ofreciendo sus propios acentos -con énfasis en el combate de la
delincuencia y con un relato cargado de religiosidad católico pagana-.
Los venezolanos han respondido, porque más allá de las dudas una
mayoría supo lo que está en juego. Se ha dicho que si hay una razón por
la que el Chavismo no sólo ha recibido apoyo electoral, sino que
moviliza, es porque ha cambiado de modo tangible la vida de los
venezolanos desposeídos. Qué mejor ejemplo que el de la vivienda, cuya
deuda pública, según el censo realizado después de las inundaciones de
2010, ascendía a la friolera de 2,5 millones. El Gobierno no sólo se ha
hecho cargo de la cantidad, al ejecutar un programa que completará 2
millones de viviendas durante los próximos años, sino que lo ha hecho
ocupándose del amoblado y procurando la cohesión territorial entre
clases sociales. Es decir, ha impedido que los más pobres se vayan a la
periferia, utilizando y a veces expropiando territorios en las zonas
céntricas e incluso acomodadas de las ciudades. Esos miles de
venezolanos saben que sin Chávez jamás lo hubieran logrado. Y ahora
proyectan esa lealtad en Maduro.
Si se quiere un dato todavía más duro, ahí está el de la pobreza.
Gracias a la política de recuperar el control público para financiar
recursos sociales, desde 1999 la tasa disminuyó en un 37,6% y la de
pobreza absoluta en un 57,8%.
Sin embargo, no sólo de lo asible está hecho el Chavismo. Desde sus
primeros tiempos, ha tenido una especialmente lúcida comprensión de la
importancia del “relato” en política, para diferenciarlo del gobierno de
Piñera según la terminología de Pablo Longueira. Para ello, Chávez se
valió especialmente de Bolívar y su aura de libertador y
latinoamericanista. Así, por ejemplo, dentro del concepto “boliviariano”
tiene pleno sentido la política internacionalista que ha favorecido a
otros países de la región y al mismo tiempo ha hecho posible la creación
de un polo. Pero ahora, además, sobre el nuevo liderazgo de Maduro
sobrevuelan Simón, Hugo y una religiosidad pagana que permite, incluso,
que los seres del más allá se expresen en el revoloteo de un pajarillo.
Este factor, que hasta ahora parecía constituir una ventaja frente a la
indigencia semiológica de la candidatura de Capriles, deberá ser
revisado como uno de los factores que podrían haber desalentado al
electorado oficialista.
En aquel empeño llamado la “batalla de las ideas”, entendió bien el
Chavismo, era fundamental enfrentar la desregulación del espacio
mediático, una de las principales falencias de las actuales democracias
de América Latina. El golpe de Estado fallido de 2002, entre muchas
otras lecciones, le dejó al oficialismo una fundamental: los medios de
comunicación sí pueden ser decisivos para desestabilizar un gobierno.
Desde entonces, se inició una ofensiva interna contra los grandes
consorcios, junto con la creación de medios estatales y, en el resto de
Latinoamérica, se decidió disputar la hegemonía informativa de las
cadenas estadounidenses a través de proyectos como Telesur.
Esta idea ya ha sido planteada, entre otros, por el comunicólogo
español Manuel Castells en su última obra publicada, “Comunicación y
Poder” (2009): “el poder se basa en el control de la comunicación y la
información, ya sea el macropoder del Estado y de los grupos de
comunicación o el micropoder de todo tipo de organizaciones (…) el poder
depende del control de la comunicación, al igual que el contrapoder
depende de romper dicho control”. La política mediática del Chavismo ha
sido alabada por los sectores progresistas en la región, aunque también
ha recibido críticas de organismos como la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos. Al respecto, Maduro ha salido a defender lo realizado
en una entrevista concedida esta semana al Fohla de Sao Paulo, donde
recordó que el 80 por ciento de los medios en el país siguen siendo de
oposición y que el Gobierno tiene el derecho de defenderse de los
intentos golpistas mediáticos.
Ahora que el traspaso del capital político de Chávez a Maduro
funcionó, aunque dificultosamente, el presidente electo deberá enfrentar
algunos problemas que en los 14 años de mandato del líder bolivariano
no decantaron o simplemente se les esquivó. El más sensible para la
población es el de la in-seguridad ciudadana, signada en tiempos de
Chávez como una operación comunicacional de la derecha para
desprestigiar al Gobierno. Maduro, en cambio, tomó este tema como uno de
los ejes de campaña y pasó a la ofensiva usando el manual del
oficialismo: medidas concretas acompañadas de la dimensión simbólica. En
este caso, el plan se llama A Toda Vida Venezuela, pero la misión es a
“construir una cultura de la paz” y a hacer “un gran movimiento
nacional, donde nos involucremos todos, medios de comunicación,
movimientos culturales, los ciudadanos de a pie”.
El otro gran tema es el de la macroeconomía, el cual tiene al menos
cuatro niveles: transformar estructuralmente la sociedad para que el
combate a la desigualdad sea viable en el largo plazo, más allá de las
políticas de gobierno; controlar los incipientes pero preocupantes
signos de inflación advertidos en los últimos meses; reinvertir en la
industria petrolera para mantener su amenazada competitividad
internacional; y diversificar la economía para no depender
exclusivamente del petróleo, puesto que el Chavismo, si bien recuperó el
control estatal del combustible fósil, no ha salido del modelo
exportador primario de la era anterior.
Después de este interregno, Nicolás Maduro deberá mostrar su
liderazgo ya sin la dependencia ni la ventaja electoral de Hugo Chávez.
Pero nunca tanto: cada vez que antes aparecía el fallecido comandante,
era observado desde atrás por el retrato de Simón Bolívar.
FUENTE: RADIO U. DE CHILE
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