viernes, 19 de abril de 2013

Olvidar a Escalona: el principal desafío del PS en sus 80 años

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Dr. y profesor universitario.

Este viernes el PS festeja 80 años y, a su vez, durante 2013 se cumplirán 40 del Golpe que puso fin a una de las experiencias políticas que más conmovió al mundo occidental: el camino pacífico al socialismo. Pero no solo eso, los socialistas chilenos cuentan entre sus principales activos el haber encabezado una república socialista que duró 12 días, ser dos veces expulsados a balazos de La Moneda, contar entre sus filas con el ex Presidente Lagos y, sobre todo, con la primera mujer Presidente del país, que desempeñó un papel relevante en la ONU y que, de no mediar sorpresas ni una resaca generalizada de los electores en las próximas presidenciales, será seguramente la nueva mandataria. Y todo esto con un 10 % de adhesión ciudadana a lo largo de su octogenaria vida, habida excepción, por cierto, de la parlamentaria de 1973 en que alcanzó un 22 % en pleno gobierno popular. Y eso es lo más sorprendente del socialismo criollo: su voluntad de poder.
No hay libro de historia de América Latina que no le reconozca a la vieja izquierda chilena un papel excepcional: la única donde el movimiento obrero alcanzó una importancia política que el resto de las organizaciones similares no lograron. Es por ello que la CIA desde la década de 1940 puso sus ojos en Chile y, en particular, en el PC y el PS. El primero, por ser la organización comunista más grande del continente y el segundo, porque poseía al líder que encabezaba un proyecto país que habría de transformarse en una piedra en el zapato para el Consejo de Seguridad Norteamericano (NSC) que, desde entonces, buscó por todas las vías impedir que Allende llegara a La Moneda.
Pero el carácter del liderazgo del ‘Chicho’ no solo era consecuencia de su personalidad sino también de quienes lo acompañaban: los dirigentes del PS, algunos salidos de lo más granado de la burguesía local que entendía que se debía emprender otro rumbo. Hacían clases en las mejores universidades públicas chilenas, uno incluso alcanzó la rectoría de la casa de Bello, escribían libros, planteaban tesis políticas y le dieron al socialismo una originalidad reconocida en el mundo entero que le brindó a la izquierda local un peso intelectual y político sin parangón en América Latina.
Esta es, según mi opinión, la generación de la deuda política e ideológica del socialismo local —y por ahí puede estar además la explicación a la falta de una izquierda potente en Chile—, cuyo principal activo fue haber logrado su propia sobrevivencia. Es por ello que hicieron del orden una obsesión y por puro miedo (y pragmatismo) devinieron en neoliberales, siendo su principal ícono el senador Camilo Escalona.
En un texto que escribí hace años (El socialismo chileno: de Allende a Bachelet) pude distinguir cuatro grupos dirigenciales en la entonces septuagenaria vida de esta singular y atractiva organización política: la de sus fundadores (Schnake, Grove y Allende) que le dieron el sello populista a la colectividad; la del recambio (Ampuero, Aniceto Rodríguez y Eugenio González) que le otorgaron al PS una original personalidad política responsable del triunfo de la Unidad Popular en 1970; la tercera pléyade que nace a partir del Congreso de Chillán de 1967 y que es la generación revolucionaria y trágica de 1973, pues ninguno de sus líderes (Carlos Lorca es su figura más emblemática) logró sobrevivir a la dictadura en sus primeros años; y, la cuarta que es la generación primero de la diáspora de 1979, de la unidad de 1989 y de la transición a partir de 1990, cuyas principales figuras han sido Ricardo Núñez y Jorge Arrate por el lado renovado, así como Germán Correa, Ricardo Solari y Camilo Escalona, por el socialismo almeydista, teniendo ambos grupos los referentes de Don Cloro y Carlos Altamirano que cruzaron a tres generaciones dirigenciales. Un quinto grupo podría ser el de los parlamentarios más jóvenes, una generación sin cohesión, ni liderazgos férreos, de ahí su postergación, que representan muy bien las figuras de Marcelo Díaz y Fulvio Rossi, así como los nuevos rostros surgidos al alero del Bacheletismo.
Las tres primeras generaciones dejaron una huella profunda en el PS y una figura omnipresente: Salvador Allende, ícono de los valores universales democráticos de occidente. Las tres contaron con equipos dirigenciales innovadores que construyeron, lo que mundialmente se conoció como la vía chilena al socialismo y que en su peor momento (1973-1979) no perdió la lucidez y fue capaz de elucubrar a partir de uno de sus líderes —Carlos Altamirano— la tesis sobre la que se sustentó el camino de reencuentro con el centro político y la derrota en 1988 del general Augusto Pinochet, así como nuestra reinserción democrática. Pero no solo eso: los tres elencos comparten el haber construido su liderazgo e influencia en el debate público, en el hemiciclo y en los órganos regulares, así como su inserción ciudadana cuando el trabajo parlamentario se hacía de a pie.
Distinto es el caso del cuarto equipo dirigencial que se formó y pulió en la clandestinidad, en la ausencia de debate público, en la niebla de Berlín o Amsterdam, cuando el PS no paraba de fragmentarse y el control del timbre se hizo un fin en sí mismo. Vino entonces, la expulsión del otro y su consecuencia directa ‘la cooptación’ del obsecuente. Con ese panorama ambos equipos, matices más y menos, llegaron a la transición y el PS no escapó al síndrome epocal: pragmatismo, obediencia ciega al jefe y así esperar la posibilidad de un puesto en el Parlamento o en el Estado.
Esta es, según mi opinión, la generación de la deuda política e ideológica del socialismo local —y por ahí puede estar además la explicación a la falta de una izquierda potente en Chile—, cuyo principal activo fue haber logrado su propia sobrevivencia. Es por ello que hicieron del orden una obsesión y por puro miedo (y pragmatismo) devinieron en neoliberales, siendo su principal ícono el senador Camilo Escalona. Es la cohorte del trauma de la dictadura y del miedo a la sociedad, la del Estado y los partidos, de allí la ausencia en sus discursos de los actores y movimientos sociales; la que se aggiornó con la transición y cambió las prioridades históricas del socialismo local: la representación de la gente por la mera cooptación del Estado. Las faltas de esta generación, que hoy encabeza Andrade, se evidencian muy bien en los constantes zigzagueos de la candidata no solo en sus discursos —un día promete, creo sinceramente, educación gratuita, luego recibe presiones y retrocede, para después de la manifestación estudiantil insistir en su idea original—, sino también en la conformación de sus equipos programáticos: hombres y mujeres que no logran escapar a la lógica neoliberal y a los directorios de los grandes grupos de presión empresariales.
Está aún por hacerse la investigación sociológica que explique la cruel transformación de este elenco que se acomodó al modelo y cuyo paroxismo es Camilo Escalona autoerigido últimamente como el garante del orden conservador y autoritario parido a inicios de los oscuros años ochenta.
La semana pasada habló uno de sus voceros, Tironi, y por primera vez los llamó públicamente a dar un paso al costado. Sin embargo, lo que el publicista no entiende es que aquello, en el caso del PS, será un poco más difícil: los nuevos dirigentes tienen en su ADN la impronta de esta generación a la que Martner le puso un adjetivo. Para fortuna nuestra y también del Chile que está naciendo, que el PS cambie va a depender más de lo que suceda afuera en las calles y menos de lo que ocurra adentro de sus órganos directivos. Al socialismo chileno más que a nadie le hace falta superar de una vez por todas a la generación de Escalona: la del puro pragmatismo, cuyos sueños transaron a cambio de hacerse propietarios de un buen paquete de acciones en la bolsa.

FUENTE: EL MOSTRADOR

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