martes, 21 de febrero de 2012

Análisis La protección de la biodiversidad en Chile

Lamentablemente, señalan los expertos, la toma de consciencia gubernamental avanza de manera muy lenta, y la mayor parte de las acciones llegan como mitigación de procesos de deterioro que se han tornado irreversibles.

Los crecientes desafíos regionales al poder político central incluyen, directa o indirectamente, los temas ambientales. Detrás de cada movilización siempre hay una demanda de protección del hábitat y el medio ambiente, o de desarrollo sustentable que compatibilice las formas de uso del un territorio muy difícil y complejo desde el punto de vista geográfico y ambiental.  Lamentablemente, señalan los expertos, la toma de consciencia gubernamental avanza de manera muy lenta, y  la mayor parte de las acciones llegan como mitigación de procesos de deterioro que se han tornado irreversibles.
Según los expertos, Chile tiene una enorme heterogeneidad estructural en términos medioambientales, que no puede quedar sin regulación. Un gradiente latitudinal, que va desde los 18 grados hasta los 56 grados de latitud sur, y un gradiente altitudinal, que va desde fosas oceánicas de 8 mil metros de profundidad hasta los 7 mil metros de altitud en algunos puntos, hacen de Chile, según la organización Chile Desarrollo Sustentable “un país altamente heterogéneo en las condiciones geográficas que permiten sustentar su diversidad biológica”
El patrón climático que generan ambos gradientes, dicen, hace que Chile posea al mismo tiempo “alguno de los sitios con menor precipitación del planeta y áreas con el mayor número de días lluviosos al año”.  Sin embargo, tal diversidad de condiciones ambientales no se traduce en una elevada diversidad biológica. Según datos de Conservación Internacional para el año 2005 Chile tiene una de las menores diversidades específicas de fauna y flora silvestres en comparación con el resto de los países sudamericanos. En el caso de las aves, en Chile habitan algo más de 450 especies frente a las 800 especies de Argentina, 1.200 de Bolivia y Perú  y  más de 1.700 de Colombia. Situación similar ocurre con la diversidad de plantas angiospermas, donde Chile posee sólo 5.300 especies, mientras países como Brasil sobrepasan las 55.000 especies.
Pero el país sí posee, por sus características de aislamiento terrestre muy parecidos a los de una isla, una condición de muy alto endemismo. Según Gonzalo Pineda, director del Proyecto Regional sobre Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente y el PNUD, GEF SIRAP,  tal endemismo hace que “Chile sea un caso particular de biodiversidad con variados  “puntos calientes” (hot spot) con prioridad de conservación entre Antofagasta y Los Lagos, siendo los más conocidos y trabajados hoy el bosque costero valdiviano y  la Isla Juan Fernández”. Pero hay, dice, un campo mucho más amplio para actuar.
Lamentablemente, según Pineda, “la conservación ambiental de Chile en lo esencial es tributaria de la Convención de Washington de 1940, que con una ratificación bastante tardía el año 1967, plasmó la visión de áreas protegidas de nuestro país.”  Hoy es evidente se requiere de un nuevo enfoque, dice: “Hay que conservar a una escala de paisaje, e identificar situaciones regionales, corredores y uso sustentable desde el punto de vista productivo. Dadas las características del país, las mayores amenazas para la biodiversidad se dan, precisamente, en lugares donde la actividad humana es intensa y las políticas públicas no pueden omitir la realidad productiva realizada en ellas.”
De ahí la necesidad, dice Pineda, “de que la actual ley que se tramita en el Congreso introduzca nuevas estrategias y categorías de conservación, y permita la coordinación y cooperación  público/privada regional, sobre todo en las llamadas zonas de amortiguación y los paisajes de conservación.” Y lo más importante, concluye, es que “cree un sistema regional de áreas protegidas, pues la región es el ámbito operativo fundamental en que ella se hace posible”.
Chile tiene una de las menores diversidades específicas de fauna y flora silvestres en comparación con el resto de los países sudamericanos. Pero el país sí posee, por sus características de aislamiento terrestre muy parecidos a los de una isla, una condición de muy alto endemismo.
Chile tiene una de las menores diversidades específicas de fauna y flora silvestres en comparación con el resto de los países sudamericanos. Pero el país sí posee, por sus características de aislamiento terrestre muy parecidos a los de una isla, una condición de muy alto endemismo. (Fotos: AgenciaUno)
Para Flavia Liberona, Directora de la Fundación Terram el proyecto de ley enviado a tramitación al Congreso Nacional que crea el Servicio Nacional de la Biodiversidad y Áreas Protegidas permite por primera vez hablar efectivamente de biodiversidad en Chile.
Integrante de la Mesa Técnica creada por las Comisiones Unidas de Medioambiente y Agricultura del Senado donde esta radicado el proyecto de ley aludido, han realizado ya dos jornadas de exposiciones y debate  en torno a  “La Institucionalidad y Legislación Ambiental y Forestal que necesita Chile para el siglo XXI”.
Para ella, la tensión  que existe entre el proyecto de ley que modifica Conaf y el que crea el Servicio Nacional de la Biodiversidad y Areas Protegidas, debe ser superada poniendo el acento en la necesidad de legislar sobre biodiversidad y conservación. Ambas leyes, sostiene “deben ir en dirección de las necesidades del país” y  de tal o cual competencia funcionaria.
Para ella más importante es enfatizar las falencias que presentan en relación con la función que pretenden cumplir, cual es la conservación y protección. Entre ellas “la escasa jerarquía institucional y legal que tienen tanto el Ministerio de Medio Ambiente como las leyes sobre este tema” en relación a los ministerios sectoriales productivos como Economía o Minería.
Aún cuando en Chile solo se han descrito alrededor de 30.000 especies, equivalentes al 1,93 por ciento de todas las especies descritas en el planeta (alrededor de 1,4 millones) y a que el país tiene baja diversidad, esta tendría un potencial de descubrimiento de alrededor de 170 mil nuevas especies para los próximos años, probablemente más de la mitad correspondiente a artrópodos. Ese potencial no es exagerado si se tiene en cuenta que incluso animales mayores todavía no han sido descritos.
Lo importante parece ser tomar consciencia de que pese a la baja variedad de especies en Chile se encuentra la queñoa (Polylepis tarapacana), único árbol que crece en forma natural a más de 4.000 metros de altitud. También las orestias, pequeños peces endémicos de los espejos de agua presentes en los salares del altiplano chileno, o el monito del monte (Dromiciops gliroides) que con el cerdo hormiguero africano, constituye una de las dos especies únicas de mamíferos, representantes de un orden completo. La Tubulidentata, el cerdo hormiguero; y la Microbiotheria, el monito del monte. En Chile, dicen los especialistas, “aún falta el 98 por ciento de nuestras especies “chilenas” por descubrir y describir”.

FUENTE: EL MOSTRADOR

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