viernes, 20 de diciembre de 2013

La nueva Presidencia de la República

En un hecho inédito en la política nacional, Michelle Bachelet acaba de ser reelegida Presidenta de la República, con una mayoría electoral más que significativa. Más allá de las frases hechas de crítica o halago, es necesario reconocer en ella, como un dato objetivo, un perfil político excepcional, particularmente por su carisma electoral. Independientemente de sus dichos o acciones, en general muy enmarcadas en la rectitud pública y democrática, independientemente de lo que haga, siempre resulta bendecida por la adhesión popular.
Ello puede ser un factor trascendental para su gobierno y, adecuadamente administrado, transformarse en el combustible principal que le permita cumplir tanto sus promesas de campaña como desarrollar el clima de estabilidad y paz social que requiere ese proceso de cambios, entre ellos, de Constitución Política.
Algo esencial es que la adhesión popular de que goza se manifiesta en una enorme credibilidad personal por parte de la ciudadanía. Y eso, en medio de un ambiente de reacomodos de poder y legitimidad, es un enorme capital para articular y dar viabilidad a las decisiones de gobierno.
Sabido es que, en cualquier situación en que merodea la efervescencia social, no da lo mismo si el Presidente de la República exhibe un talante prudente de vocación democrática, y no se deja seducir por el puro ejercicio carismático del poder. Tal diferencia, que puede parecer un exceso de sutileza en el análisis, hace toda la diferencia de un país a otro, impidiendo que el poder se viva como propiedad, sino como lo que efectivamente es: una delegación del soberano sometida a reglas del control y la crítica públicas.
Chile no tiene procesos de antagonismo crítico o conflictos encarnizados ni menos inestabilidad política estructural. Pero sí presenta síntomas de agotamiento en los consensos organizativos y políticos básicos del sistema, con rasgos inusuales de virulencia y violencia política en temas acotados pero trascendentes, como el mapuche, además de un excesivo centralismo y  coerción sobre las regiones, que están erosionando su gobernabilidad.
En las matemáticas complejas del gobierno moderno, no son las experiencias dramáticas o particulares vividas por los líderes, ni sus vínculos políticos o doctrinarios de antaño, los que determinan los riesgos que ellos deben controlar. Los principales provienen de una visión distorsionada de sus propios éxitos y la sensación de potencia que transmite el entorno cercano, que transforma toda disidencia u opinión diversa en un acto de agresión.

También se expresa en su base económica y social un ambiente irritado por abusos de mercado, ausencia de bienes públicos y una tendencia a la fragmentación social con serias repercusiones en la cohesión política y cultural de sus ciudadanos.
Tal vez esto último sea una de las causas de la enorme ausencia electoral de ellos en la concurrencia a las urnas.
Por cierto, hay sectores políticos que sostienen que existe una mayoría silenciosa que manifiesta una aceptación tácita de lo que ocurre en el mundo político y social, y que tal  ausentismo es una señal positiva y de conformidad.
Sin embargo, dada la textura sociológica del país en los dos últimos años, pensar de esta manera pareciera ser un error profundo, más cercano a las defensas corporativas e ideologizadas de fueros amenazados, que de una estabilidad de largo plazo de todo el sistema político.
La nueva Presidenta encontrará un país con un sistema político en tensión y flujo –con estos y otros problemas– que cualitativamente difiere de lo que había hace diez años. El armazón del nuevo gobierno que por decisión propia descansa enteramente sobre sus espaldas, requerirá además de sentido práctico y realismo, aptitudes que ella tiene de sobra, también de finura política, material, este sí, que no abunda en la política nacional.
El momento exige iniciativa constante en temas que van desde los valores de orientación del sistema hasta el pacto constitucional, pasando por confianza en las instituciones y la fe pública, reformas de educación, medioambiente, salud, y muchas otras.
Desde muy antiguo la preocupación por el bien común ha sido un sino de todo gobernante. Incluso aquellos que alimentan las visiones más liberales y se nutren en primera persona de Adam Smith, se sienten obligados a mirar su teoría de los sentimientos morales para orientar el buen gobierno. El espíritu de comunidad siempre es trascendente en política.
La  Presidenta proviene de una vertiente colectivista, totalmente contraria a ideas liberales, y pertenece a un sector que tiene dificultades para apreciar la proyección integral de las libertades, sin concesiones instrumentales a las circunstancias. Pero es culta, inteligente y prudente, y no obstante la enorme adhesión electoral recibida y su antiguo vínculo a una visión burocrática del poder, comprende perfectamente que el juego democrático pasa por el tamiz del apoyo y la crítica.
En las matemáticas complejas del gobierno moderno, no son las experiencias dramáticas o particulares vividas por los líderes, ni sus vínculos políticos o doctrinarios de antaño, los que determinan los riesgos que ellos deben controlar. Los principales provienen de una visión distorsionada de sus propios éxitos y la sensación de potencia que transmite el entorno cercano, que transforma toda disidencia u opinión diversa en un acto de agresión.
De ahí la importancia del círculo íntimo y de la existencia de funcionarios pares en opinión, sobre todo si, al no existir o dejar de ser relevantes los partidos políticos, la articulación operativa del gobierno queda entregada a la voluntad del Primer mandatario, que es quien los elegirá.
 
FUENTE: EL MOSTRADOR

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