domingo, 4 de marzo de 2012

Carlos Peña
Domingo 04 de Marzo de 2012
Motivos inconfesables

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La política tiene, a veces, lados inconfesables.
Dos casos lo han puesto, una vez más, de manifiesto.
El más notorio es la conducta asumida por Andrés Allamand, ministro de Defensa, como todos saben, frente a la avioneta caída en Chiloé.
Por donde se lo mire, el accidente de la avioneta es un incidente más o menos privado. La avioneta era privada, en el accidente no están comprometidos bienes fiscales o públicos, nada hace pensar, salvo la inevitable solidaridad frente al sufrimiento ajeno, que se trate de un asunto nacional de esos que demandan la inmediata presencia de las autoridades del Estado. Desde el punto de vista empírico no hay ninguna diferencia entre el desgraciado accidente de Chiloé y cualquier otro accidente. Todos son igualmente infelices. Y en todos ellos hay investigaciones que realizar, reglas que evaluar, lecciones y una estela de sufrimiento.
¿Por qué entonces -si en este accidente no hay nada peculiar respecto de cualquier otro- el ministro de Defensa se trasladó tan prontamente a Chiloé?
Hay que descartar, desde luego, que la presencia del ministro sea técnicamente indispensable. Entre las innumerables virtudes y destrezas de Andrés Allamand es posible que no se encuentre la de rescatista, técnico aeronáutico, cartógrafo, ni ninguna otra útil a la hora de saber qué ocurrió con la avioneta y cómo abreviar, en el futuro, esas desgracias.
¿Qué explica entonces el viaje del ministro?
Todos saben la razón; pero todos se comportan como si la ignoraran. El ministro busca la paradójica luz que arrojan los desastres.
Si no sonara cruel y terrible, podría llamársela la lección de Juan Fernández (o la lección de los mineros). En ambos casos, la tragedia tuvo sus momentos épicos y empáticos que permitieron a quienes estaban allí (Allamand en un caso, Golborne en el otro) ganar, siquiera momentáneamente, la adhesión del público. La nostalgia de esos momentos (no de esas tragedias que nadie, por supuesto, anhela, sino de la rara épica que les siguió) explica la decisión de Allamand. En un mundo, y en un gobierno, que parece alérgico a las ideas y a los planteamientos generales, la búsqueda de emociones -estar allí, donde las audiencias miran, aguantando la respiración- se transforma en un recurso de la política.
Pero Andrés Allamand no es el único que muestra, como en un ejemplo, cuánto hay de inconfesable en la política.
También lo hacen los parlamentarios que viajaron a Santiago a exigir al Presidente que accediera a las demandas de los aiseninos.
Patricio Walker (DC), David Sandoval (UDI) y René Alinco (independiente) son, hasta donde se sabe, senadores y diputados por esa región, personas que, antes que la movilización social se desatara, tuvieron amplias oportunidades de razonar y hacer razonar al Ejecutivo acerca de las desigualdades que introduce el domicilio regional, escribir artículos en defensa de los intereses de su electorado y formular planteamientos generales que lograran persuadir al conjunto de la ciudadanía de la justicia de las demandas.
Si lo hicieron, no sirvió.
Su apresurado viaje a Santiago es, a la vez, la expresión de su fracaso y el intento de ocultarlo. Muestra la impotencia que como representantes poseen (puesto que han sido sustituidos por el movimiento social y sus voceros) y revela, a la vez, el intento de disimular esa sustitución (ya que al sumarse a esas voces intentan que pase por ser la suya).
El viaje de Allamand a Chiloé y el de esos parlamentarios a Santiago (dispuestos, según dijeron, a esperar y esperar, como en el cuento de Kafka, a las puertas de la ley) llevan a la conclusión de que la política es insincera: sus acciones se alimentan de motivos que nunca pueden hacerse del todo explícitos, que se callan y se disimulan por inconfesables.
Si la religión tiene un misterio central (cómo un Dios que es bueno y omnipotente permite el sufrimiento humano) la política tiene el suyo: cómo algo tan valioso como la democracia puede estar construido con materiales tan poco edificantes.

FUENTE: EL MERCURIO

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